viernes, 18 de mayo de 2018

2008-2018



OTRAS PALABRAS SOBRE LAS PALABRAS
Orlando Luis Pardo Lazo

Para los cubanos, el año 1989 marcó no tanto el fin del Sistema Socialista Mundial, como el inicio de la más absoluta crisis de nuestra sociedad: el llamado “Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz”, incluida la amenaza de una “Opción Cero” donde sobrevivir en condiciones similares a las del hombre primitivo.

Las noticias de la URSS y Europa del Este nos llegaron deformes y muy filtradas, levantando más paranoia que entusiasmo popular. La fiesta fue narrada como un fiasco por nuestros periódicos. Se habló incluso de “maniobras de la CIA” y “triunfo de las fuerzas reaccionarias”. La prueba de la supuesta traición de la que habíamos sido víctimas era nuestra economía abandonada a su suerte. Así, Cuba se encerró en un escenario apocalíptico donde saborear su claustrofobia, sin necesidad de cambiar al ritmo de los nuevos tiempos.

Paradójicamente, el campo literario cubano fue entonces que se atrevió a salir de su ostracismo provinciano. La descentralización del Estado dejó muchas grietas libres del control gubernamental y, por esos túneles de respiración, nuestra literatura emergió al aire libre del “mercado internacional”, con todas sus maravillas y mediocridades.

Nunca como en la década de los noventa los cubanos publicaron tanto (y viajaron y residieron) en otros países. Nunca como en esa década decadente entraron tantos libros prohibidos de contrabando a la Isla. Entre nosotros, la liberación post-comunista se anunció perversamente gracias al empobrecimiento material y moral del país.

Por primera vez en la Revolución se aprobaron reformas económicas de corte capitalista, incluida la circulación del dólar como moneda paralela. Las Iglesias se volvieron a llenar y las procesiones de las vírgenes pasearon otra vez por las calles de Cuba. La cultura bebió enseguida de todo ese collage (aunque no siempre todo se pudo hacer público): solidaridad y despotismo, corrupción y caridad, amor rentado y fidelidad, emigración ilegal y crimen, barroco y realismo sucio, perversión y poema.

En cualquier caso, nuestro idilio ideológico terminó para siempre en 1989, quedando en su lugar apenas la inercia partidista de la hipocresía.

Ahora, a punto de concluir la primera década del siglo XXI, las instituciones cubanas se recuperan poco a poco de la debacle, y, como en una guerra, pretenden re-ocupar el territorio perdido. En el “frente de batalla” de la cultura, los escritores y periodistas independientes son mirados oficialmente como una plaga. La disidencia se asume como sinónimo de deserción y la oposición como sinónimo de oprobio. Publicar un blog personal crítico se interpreta como un acto mercenario. En esta cuerda floja se compromete la salud futura de la blogosfera cubana dentro de la Isla.

Precisamente por jugar a la libertad de expresión en internet (en mi blog LUNES DE POST-REVOLUCIÓN y en el e-zine THE REVOLUTION EVENING POST), mi libro BORING HOME fue expulsado de la Editorial Letras Cubanas en 2009, cuando ya estaba en la imprenta para ser lanzado en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en febrero de este año.

Nunca se me comunicó de manera oficial tan grave prohibición: simplemente los funcionarios del Instituto Cubano del Libro me retiraron (literalmente) la palabra. Al parecer, yo era culpable por mis columnas digitales y los editores estaban muy ofendidos conmigo. También se me atacó de manera personal en portales virtuales como Kaos en la Red. Sin embargo, nadie nunca polemizó políticamente conmigo. La táctica era borrarme como intelectual y meterme en la camisa de fuerza de un enemigo de clase.

Al parecer, el Estado no contaba con qué clase tan formidable de enemigo yo les iba a resultar. Hasta el día de hoy.

Aunque contó con apoyo ministerial, policial, y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el censor de BORING HOME era apenas un burócrata más que, a su vez, hoy ya ha sido expulsado de su cargo por el propio Ministro de Cultura. A la ira de ese soldado anónimo o verdugo de la verdad debería estar dedicada esta edición príncipe de BORING HOME.

Pero no. Los totalitarios no se merecen ni una tajada de eternidad. El castrismo es una cosa que pertenece completamente al pasado.

De todas formas, soportando una presión psicológica de guerra sucia, un grupo de blogueros, músicos, fotógrafos, performers, periodistas, poetas y narradores cubanos lanzamos independientemente una versión digital de BORING HOME durante la propia Feria Internacional del Libro de La Habana, el lunes 16 de febrero de 2009 a las 3 PM. Simultáneamente se liberó el libro en internet. Lo hicimos no como un acto heroico, sino como una mínima justicia con un libro prohibido no tanto por su contenido sino por su autor. De hecho, varios de los relatos de BORING HOME ya habían ganado premios literarios nacionales y aparecen en antologías oficiales del Cuento en los 50 años de la llamada Revolución.

Llamada, no. Revolución y bien. Porque el concepto de Revolución es tan destructivo como el de tiranía.

A esa solidaridad de los colegas presentes allí, ante los muros del Castillo kafkiano de La Cabaña, dedico una década después mi memoria de hogar aburrido en el exilio.

Mi mensaje de cara al futuro cubano es de armonía y reconciliación. También de debacle. La libertad de las letras cubanas no depende de ninguna editorial Letras Cubanas. La censura en el mundo, además de obscena es ya un fenómeno obsoleto.

Con o sin libros de papel, con o sin revistas digitales por correo electrónico, con o sin internet, incluso con o sin lectores cubanos, la literatura de la Isla, por suerte, ya nunca será aquella misma miedosa que pedía permiso para paladear cada página, cada párrafo y cada palabra. Se acabaron de una vez y por todas el abuso y la humillación a sueldo del Estado cubano.

Como lectores, somos un pueblo sin fronteras. Ya va siendo hora de este tardío pero definitivo despertar post-nacional.

Buenos viernes a todos los cubanos sin Cuba que me escuchan. Y muchas gracias por todo desde La Habana del día de mañana.

jueves, 17 de mayo de 2018

Orlando antes del alba


PUEDES LEER ESTE CAPÍTULO COMPLETO EN ESTE ENLACE DE CUBAENCUENTRO:


OLPL antes del alba

Fragmento del libro Espantado de todo me refugio en Trump, de próxima aparición por Ediciones Hypermedia
0 comentariosAumentarDisminuir Tamaño del textoENVIARIMPRIMIR

Todos los días me despierto y reviso las webs de tema cubano. Poco antes del amanecer. A la luz del alma. Celestino antes del alba. Orlando Luis Pardo Lazo rezando para que nunca más salga el sol.
Lo odio, al sol.
Lo odio como realidad de las radiaciones y el calor, entre otros cadalsos cubanos de sudar en clave de socialismo, vivamos donde vivamos.
Pero también lo odio como metáfora. El sol es lo peor de la poesía cubana, siempre tan solar como solariega. Tan solícita. Tan sosa. Tan sumisa.
No leo nada, por supuesto, de la internet. Ni siquiera los titulares. ¿Para qué? Siempre dicen lo mismo y con las mismas palabras. Cuba como costumbre, como carencia de imaginación.
Cuba como una gangrena que no se cura ni avanza. Peor que un cáncer.
Una cosa estática. Estatizada.
Pero sigo pasando y pasando las páginas de internet. Antes del primer rayo del sol, ese enemigo.
Las paso medio sonámbulo todavía, medio en duermevela decrépita de cubano que durmió fuera de Cuba otra vez.
Así en Cudillero, Asturias, de donde eran mis abuelos paternos, como en Reykjavík, Islandia, la isla sin sol asesino que me robó el corazón.
Y toda esta energía mala, miserable, minutos después de apenas despertar. Minutos antes del inevitable amanecer. Lo odio.
Los odio, a ustedes también.
Leer en cubano es, por supuesto, una idiotez. Como escribir en cubano es también tarea de idiotas. En ambos casos, mi obsesión. Mi vida, mi verdad. Mi extremo estado de cubanidez terminal.
No leo nada, como ya dije. En realidad, lo que hago es reconocer al vuelo la forma de las palabras, la manera en que el editor las distribuye por todo el espacio inexistente de la web.
Espero que coincidan conmigo en esto. Internet no existe.
Ni en Cuba ni en ninguna otra parte.
Dice Konstantin Kavafis que ustedes, los cubanos, todo el tiempo se la pasan diciendo así:
Iré a otra tierra, a otro mar,
y seguro que otra internet mejor hallaré.
En la Isla cada conexión estaba ya condenada,
y moría nuestro corazón
como mueren, asoladas, las ideas de la desolación.
Donde navego sólo veo
los oscuros píxeles de mi país
y los incontables años que perdimos por gusto allí.
Pero entonces Konstantin Kavafis nos responde a todos los cubanos, al tiempo que también se responde a sí mismo así:
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La misma internet estará para siempre en ti.
Volverás a las mismas redes
y en las mismas páginas llegará tu vejez,
en la misma Isla encanallecerás.
Pues la internet es siempre la misma y es ninguna.
Otra web no busques, no la hay,
ni para los otros ni para ti.
La internet que pierdas en la Isla
la habrás perdido en toda la Tierra.
Espero que coincidan conmigo en esto. Konstantin Kavafis no existe.
Ni en Cuba ni en Ítaca, ni en ninguna otra parte.
La vida no está en ninguna parte.
Y entonces el exilio se me convierte un poquito en mi casa. Y esa falsa certidumbre me hace un poquito feliz. Así, en diminutivos majésticos. Mayestáticos.
Feliz de corazón, corazón. Feliz de saberme mejor de lo que supuestamente fueron alguna vez los cubanos.
Feliz de ser yo. Único, irrepetible, irreparable.
Un cubano sin Cuba en el corazón. Pero, por suerte, con Cuba clavada a pepe cojones, como una daga, en ese órgano tan abusado por la poesía cubana.
Ya lo dijo quien lo dijo: los poetas cubanos son marionetas del corazón.
Poetas que paren una poesía comatosañoñaromantipobre. Y por eso mismo, tan roma. Tan roñosa.
Acabó ahí Carlos Alberto Aguilera, el autor de un panfletico homónimo titulado Das Kapital.
La poesía cubana como el timo del siglo de Lo Cubano.
Y Lo Cubano, fundamental y fundamentalistamente, como fascismo.
Pero no. Ni eso. Menos que eso.
Porque la poesía cubana no le llega ni a los tobillos al totalitarismo. Nuestros poemitas de patria paupérrima son sólo funambulescamente fascistas.
¡Hasta el fascismo en Cuba es una falacia!
Con la falta que nos hubiera hecho un buen poeta fascista.
Pero qué va. Desde hace por lo menos dos siglos, Cuba no pare una poesía que sobreviva sin la cantaleta de Cuba.
De esa tara no se escapó nadie. Ni siquiera yo.
De esa tara no se escapa ni quien quiera escaparse.
En esto, hasta el chileno Roberto Bolaño descaradamente nos mintió. Porque Ernesto Pérez Masón, aquel escritor fascista imaginario que Roberto Bolaño incluyó, como ejemplo de Cuba, en su libro La literatura cubana nazi en América, no es más que un autor de mentiritas.
Una ficción.
Otra ficción.
Como la internet de tema cubano que reviso y reviso a diario, sin revisarla.
Porque ocurre que, al abrir las dichosas páginas web, no importa lo que digan los titulares, yo siempre sé muy bien de lo que en realidad están hablando. Y cómo lo están hablando. Y hasta dónde se atreverán en cada caso los editores, que se derriten de pánico, por muy disidente o exiliada que se pinte esta o aquella web.
Los cubanos saben muy bien que con el castrismo no se juega así como así. Por eso cada anticastrista, de algún modo más o menos obsceno, es al final un agente del propio castrismo.
Del totalitarismo no se sale. O no era tan totalitarismo nada.
Así es cómo leo y releo los límites de la internet cubana, sus complicidades cobardes. La mediocridad, la miseria, la manipulación. También, nadie lo olvide, la mentira.
Así se van ganando ustedes, los cubanos, la tajada tétrica de una cubanidad sin Castros. Es decir, de una cubanidad con Castros, pero detrás de la fachada.
Nuestra historia se escribe con h de hipocresía.
Detrás del fascismo, la felicidad.
Detrás del flautista en jefe, las ratas.
Y, de vez en cuando, las ratas esclavas que retornan del palenque cosmopolita a su cepo cultural.
Así está, como ejemplo, El Tosco, el magnífico José Luis Cortés de la banda NG La Banda, tocando sus sensiblerías de negro sinfónico en Re Sostenido Mayor, bufando la flauta no por casualidad ante a la piedra magna donde yace el polvazo voodoo de nuestro incombustible Comandante en Jefe.
Normalmente me levanto con dolor en los parietales. Un dolor de p que me parte en cuatro los parietales.
Sueño mucho, y sueño mal. Sobre todo un instante antes de despertar.
El exilio es el lugar donde uno amanece exhausto de soñar. En mi caso, el exilio es también el sitio donde uno amanece exhausto de despertarse.
La vida era ayer.
Por cierto, siempre sueño con escenarios cubanos.
Aunque no pasa gran cosa en mis sueños, excepto la tristeza de ver que todo sigue estando exactamente allí. Allá.
Tal como yo lo dejé, en mi barrido barrio de Lawton. Y que, por lo tanto, no ha sido más que una muerte de mentiritas mi vida entera desde que salí de allá. De allí.
Fue el martes 5 de marzo de 2013, día de la supuesta muerte de Hugo Chávez. A las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde: casual, o no tan casualmente, a la hora cumbre de La vida es silbar, aquel filme medio futurista de Fernando Pérez.
Un futuro que de pronto ya casi está otra vez aquí, en el año 2020. Mientras chapoteo a cráneo partido en cada amanecer fuera de mi país. O, para no ser tan narcisista como lo soy, mientras chapoteamos a cráneo partido en cada amanecer fuera de nuestro país.
Son las pesadillas que me manda la patria para despertarme, con puntualidad de campamento militar.
De pie, patriotas expatriados del patriarca.
De pie, patriotas escapando por el pan.
De la cama, salto entonces para la universidad. Porque al doctorado hay que llegar puntual, puntual, puntual. Porque tenemos el corazón feliz, feliz, feliz. Como en los muñequitos.
A la vuelta de cinco años fuera de Cuba, todavía sueño con la imposibilidad de despertar en mi casa. Aunque sé muy bien que mi casa en Cuba ya no era mi casa. Como mismo sé que en Cuba nunca podré tener una casa.
Es el precio de despertar libre, la tasa de interés por haberme liberado. Librado.
Lo cierto que amanezco bastante zombi. Perdido, extraviado. Como un haitiano con halitosis que no encuentra el altar de su Habana. Un caracol colimado por la locura barroca de Carpentier, medio baboso y medio cabrerainfantilizado.
Intuyo que de este trauma nunca me voy a librar. Ni liberar.
Amanezco boqueando por aire, asfixiado, como si los Estados Unidos fueran una mala película de la que ni yo ni tú ni nadie conseguirá despertar.
Un filme de presupuesto barato, de lo peorcito del ICAIC. Con actores profesionales, como yo, que son el tipo de actor más viciado. Y con un director amateur que supongo deba ser el lector, seas del tipo que seas tú.
Si algo conservo vivo a esta primera hora del día, es la capacidad de reconocer a mis similares. A mí sí que no se me despinta ningún cubano, ni de cerca ni a ninguna distancia.
Ni vivo, ni muerto.
Ni haciéndose el vivo conmigo o, peor, haciéndose el muerto para ver el entierro que ahora le doy.
No se preocupen. A todos les daré un entierro de reyes. Léase, un entierro de basura real.
Basura de raza mala. Basura taína revolucionaria. Basura siboney con un seboruco en lugar de sesos.
Hatueyes de la victoria.
Hierro y fuego al invasor.
Para mí, la cubanidad es detectable a muchas leguas de lejanía, a pesar de los miles de kilómetros de cable y del reflejo con legañas miopes a esta hora de la mañana.
Las seis de la mañunga, por ejemplo, rebotando de web en web en el cuarzo castrista de mi smartphone o en el plástico patético de mi laptop.
Qué manera de adjetivar tiene este niño.
Puro vómito de perro rabioso.
Disidencia de qué. Exilio de qué. Etiqueta #Cuba de qué.
A otros con sus hashtags de palo y sus campañitas de marabú.
¡Abajo la sociedad civil! ¡Abajo la democracia!
Abajo Cuba Libre y arriba los libres cubanos.
Sé muy bien quiénes son ustedes. Sé de sobra hasta dónde dan y hasta dónde no dan. Los conozco como si los hubiera parido yo. Ayer.
Recuerden que yo he sido uno más de ustedes, entre ustedes. Nadie lo olvide, a la hora de pasarle por arribita a estas páginas en honor a mi presidente Donald J. Trump.
Aquí no hay truco. A mí sí que no me van a joder. Mucho menos ahora: a la hora de recoger los bates, y los guantes, poco antes del amanecer.
Aquí estaremos todos desnudos, con el culo al aire, tal como la Cuba de Castro nos desnucó. Nos descojonó hasta la biografía. Como pollos de granja, dando brinquitos a ciegas. Con el cuello retorcido de por vida tras la muerte nonagenaria del granjero Fidel.
No habrá rebelión en la granja.
No se hagan ilusiones conmigo.
Estamos hace ratón y queso ya en tiempo de descuento.
No se hagan los graciosos tampoco.
De aquí nadie va a salir vivo. El totalitarismo no tiene tie-break ni exit de emergencia. Así que esto es candela al jarro, hasta que suelte esa costra de castrismo que tiene amelcochada en el fondo. En el culo de la botella.
De la botija. De la baratija.
Basta con despertarse a diario. Basta con darnos cuenta de que, al menos por un rato más, estaremos vivos. Basta con ponerse entonces, como gesto de gratitud ante Dios o el Estado o ambos, a perder el tiempo con la paginería web de tema cubano, con el único despropósito de no leer ni dejar a nadie leer.
Para hacer bulla.
Para hacer bulto.
Estar sin ser en la internet cubaniche. Estar online por estar online.
Por vicio o por vagancia o por ambos.
Cliquear sobre los incansables Cancios que crecen como la mala yerba, como caldo de cultivo a lo largo y ancho de los cuatro puntos cardenales, que son tres: La Habana y Miami.
Cliquear sobre los moralistas Morales con sus hijitos caídos desde del oriente cubano en un puestecito de alcurnia en la televisión Made in Miami.
Cliquear sobre la lluvia de los Yusnabys que Martí nos prometió y Fidel nos la cumplió, en una generación Y de agentes de influencia cuyas consecuencias antropológicas tardaremos siglos en elucidar.
Despertar en Saint Louis, Missouri, con el mismo olor a bruma de Pinar del Río, mogotes bajo las nubes hechas de espuma y polen. Olor a leña, a leche de vaca recién parida.
Olor a mujer en celo, a semen recién surtido.
Olor a Orlando, a letra mojada por el rocío sobre las teclas de mi laptop.
La luz de la provincia cubana se traga el tiempo y deforma el espacio, se come el sonido y lo regurgita, destiñe los colores, derrite la forma de todas las cosas.
El mapa de Cuba todo chorreado de niebla de San Antonio a Maisí.
Nada que ver con la luz que se dispersa, por ejemplo, en los valles y ríos de la siempre civil Matanzas. Nada que ver con la luminiscencia enceguecedora de Camagüey.
Sol horizontal, tibio todavía a esta hora sin hora. Albúmina a ras del alba. Horizonte prometedor. Serán las seis o seis y algo de la madrugada, no más.
Despertar con aquel salitre del sur fangoso en los labios.
Despertar amándote en aquellas recónditas ciénagas, entre cocodrilos cubanos al borde la extinción universal. Templar al compás de los mangles y en la clave cumbaquinquincún del inmarcesible manjuarí.
Despertar poniendo cuños sobre un buró.
Hasta eso le envidio a Cuba, a los cubanos con Cuba.
Los despertares en una posada pobre con una tipa cualquiera encuera, portadora de virus nobles como una medalla de honor. Miles y miles de mujeres cuyos nombres benditos siempre estoy a punto de confundir. Porque todas en Cuba visten el mismo y único nombre maldito del amor.
No toda Cuba amanece a la misma hora, no sé si recordarán este detalle. En cualquier caso, no se crean el despotismo geográfico de un solo huso horario para toda la Isla. Podremos vivir en la misma hora, sí, pero en cada esquina de Cuba amanece un poquito antes o un poquito después.
Nuestro país era eso: una multiplicidad de vidas. Una sincronía emocional que, durante décadas, fue mucho más importante para los cubanos que los destinos cuánticos del cosmos.
En el exilio, sin embargo, amanece siempre a deshora.
Eso es para mí el horror: no poder diferenciar ni siquiera la fecha. No sentir si los colores que despuntan el día son los de un lunes obvio o los de un miércoles medio enjuevestido de fin de semana.
En el exilio la vida privada de los cubanos se reduce a la espera de un velorio que otros cubanos tendrán que pagar por ti en una colecta digital.
El exilio es donde los cubanos cadáveres sí podemos decir de verdad: ay, mi amor, no somos nada.
El exilio es la patria perversa del pegamento. Nos une ese vaciamiento, esa barbaridad. La cubanísima comunión de no tener ya nada en común.


PUEDES LEER ESTE CAPÍTULO COMPLETO EN ESTE ENLACE DE CUBAENCUENTRO:

lunes, 14 de mayo de 2018

Leinier Domínguez y los tristes trebejos del totalitarismo cubano


Leinier, Leinier: dinos qué otra cosa tenemos que hacer…
Orlando Luis Pardo Lazo


Leinier Domínguez se quedó en los Estados Unidos de América. Punto y aparte.

Esta noticia es lo único que nadie se atreve a publicar sobre nuestro más grande genio del ajedrez. Por eso es que el periodismo cubano, dentro y fuera de Cuba, impreso en papel o como píxeles en digital, además de tener un estilo tan estéril, no es más que puro tapujo. Tapadera y tembladera: un oficio de ofidio donde se cobra más, mientras más cómplices seamos de la cobardía.

Por si tú no lo sabes, Leinier Domínguez es nuestro Capablanca contemporáneo del juego ciencia. Un joven de 34 años, nacido y criado en Güines, que hace rato está dentro de la élite del ajedrez internacional. El cubanito, además de un excelente ser humano (que, por eso mismo, no simpatiza con la ideología ni la represión comunistas), es un extraclase entre los extraclases del ajedrez, llegando a estar en el lugar 10 del ranking mundial, con un astronómico ELO de 2768.

Leinier Domínguez es, por lo tanto, un orgullo para toda Cuba y para cada uno de los cubanos, vivamos donde vivamos, sepamos o no mover un peón o dar el jaque mate pastor.

Pero hay una excepción. Por supuesto. En el totalitarismo nadie se escapa. Leinier Domínguez no es un orgullo para el régimen dictatorial de La Habana y mucho menos aprecian su talento los agentes secretos del Ministerio del Interior. De ahí su caída en desgracia.

Empecé diciendo que Leinier Domínguez se quedó en los Estados Unidos de América. Lo repito aquí ahora. No estoy revelando un secreto, por más que la prensa cubana se encargue de negarlo. Además, esta información es la única que le interesa manejar a los especialistas de la Seguridad del Estado cubana. Y esos personajes perversos del MinInt hace ya mucho rato que saben esta verdad. Es probable que lo supieran incluso antes de que el propio Leinier Domínguez tomase la decisión de quedarse en los Estados Unidos de América.

De hecho, hace mucho que el G-2 cubano tiene al Gran Maestro cubano en su mirilla mortal. Hace mucho que Leinier Domínguez les resulta sospechoso, incómodo, para nada confiable. Acaso por eso hace mucho que lo han querido reclutar discretamente como un agente de influencia, para entonces ponerlo en función de la propaganda política de convertir, una vez más, a la tiranía cubana en una Revolución.

De ahí que ahora por fin hayan oficialmente excluido a Leinier Domínguez de la selección nacional cubana que irá a jugar en la próxima Olimpiada de Ajedrez, a celebrarse en septiembre de este año en Batumi, Georgia, una tierra pródiga en prodigios del ajedrez, como las campeonas mundiales Nona Gaprindashvili (de 1962 a 1978) y Maya Chiburdanidze (de 1978 a 1991).

Según Carlos Rivero, un funcionario del Partido Comunista que funge como Comisionado Nacional de Ajedrez, la ausencia de Leinier Domínguez será sólo “temporal”. Y, por supuesto, según Rivero no se trata de censura sino de una regulación burocrática, ya que desde el 2017 Leinier Domínguez solicitó un período de “inactividad competitiva” para solucionar problemas personales (lo cual es cierto). Pero, “cumplido ese período, y ante nuestra convocatoria de reincorporarse para participar en el Capablanca 2018, manifestó que aún no ha resuelto su situación”.

La “situación” de Leinier Domínguez, como la situación de todos los cubanos libres, es obtener (y él está en todo su derecho de obtenerla) la Residencia Permanente en los Estados Unidos de América. Para eso, nuestro mejor GM necesita por lo menos vivir un año y medio en libertad: es decir, sin salir fuera del territorio norteamericano. Preferiblemente, sin regresar a la isla-cárcel de los Castros y sus mediocres gendarmes como Carlos Rivero.

Este agente Rivero llegó a tener la desvergüenza de afirmar en público que Leinier Domínguez todavía puede ser perdonado por el régimen, e incluso volver a jugar con el Equipo Cuba de ajedrez, pero únicamente si así lo deciden los déspotas del castrismo (y no los comisionados del ajedrez, como se supone lo sea él). O sea, “siempre con la previa aprobación de las autoridades en la Isla”.

Para colmo, dice Rivero que Leinier Domínguez “se ha mantenido en contacto con nosotros y ha ratificado su decisión de no defender nunca otra bandera que no sea la cubana”. Como si fuera un crimen jugar por otra federación y volver a jugar luego por el país natal, como es tan común hacerlo hoy día en democracia, según los flujos y reflujos del mercado cosmopolita del ajedrez.

Por desgracia, al GM Leinier Domínguez la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) lo borró de su ranking global desde noviembre de 2017, incluso siendo el mejor de todos los ajedrecistas iberoamericanos con un ELO de 2739 puntos. Se trató, por supuesto, de otra regulación burocrática, pues nuestro campeón no puede jugar partidas oficiales en USA (ni tampoco en ninguna parte) ya que Cuba se lo prohíbe, y, además, porque él no se atreve, por el momento, a jugar con la bandera de otro país.

Espero que Leinier Domínguez no tenga miedo. Lo más probable es que el gobierno cubano lo esté chantajeando con no dejarlo entrar nunca más a Cuba, como mismo chantajean a cientos de miles de cubanos.

La página gubernamental CubaDebate casi acusa a Leinier Domínguez de “que incumplió con el plazo de una licencia que le otorgó la Federación de ese deporte en Cuba”. Lo que no menciona Cuba Debate es que, en la actualidad, Leinier Domínguez ya reside en La Florida, EUA, donde se desempeña como comentarista online del sitio web especializado Chess24Así se gana la vida nuestro Capablanca contemporáneo, además de con sus propios ahorros, y con la ayuda solidaria de tantos y tantos (no sólo cubanos) que lo admiran por su gran talento y su aún más grande generosidad.

No hay ningún motivo para que el régimen castrista le impida al mejor jugador de ajedrez cubano ir a jugar con el Equipo Cuba a la Olimpiada de Batumi. De hecho, en septiembre de este año, Leinier Domínguez bien podría volar por sus propios medios desde los Estados Unidos hasta Georgia. Pero eso sería pedirle demasiado a la tiranía cubana que ha secuestrado no sólo al ajedrez y a los ajedrecistas cubanos, sino a toda la esfera pública y a la ciudadanía nacional.

La culpa no la tiene únicamente el tirano Raúl Castro Ruz y su ejército de matones llamado el Ministerio del Interior. No. La culpa cívica recae también sobre los colegas cubanos de Leinier Domínguez, esos otros grandes maestros que no son capaces de reclamar esta insultante injusticia, y que irán, como tristes trebejos del totalitarismo, a jugar ajedrez a sueldo del Estado cubano en una Olimpiadas de ajedrez sin nuestro ajedrecista insignia Leinier Domínguez.


domingo, 13 de mayo de 2018

Donde Raúl Castro no llega, Antonio Rodiles se pasa

Donde Raúl Castro no llega, Antonio Rodiles se pasa
Orlando Luis Pardo Lazo


La guerra a muerte contra Rosa María Payá y su proyecto de plebiscito Cuba Decide la ejecutará, hasta sus últimas consecuencias, el Ministerio del Interior cubano. La orden ya está dada y desde hace mucho. De eso a nadie le cabe ninguna duda.

El régimen de los Castros llegó al poder mediante la muerte y se ha mantenido en el poder durante más de medio siglo mediante la muerte. Han asesinado y seguirán asesinando a todo aquel que represente una mínima esperanza o ilusión para el pueblo cubano. Un pueblo cuyos derechos y soberanía nacional han sido secuestrados por un Estado corporativo-militar llamado eufemísticamente la Revolución.

Por eso Yoani Sánchez está viva y Laura Pollán no es ni siquiera polvo de cadáver. Por eso Antonio Rodiles es un héroe disidente y Oswaldo Payá es apenas otro de nuestros miles de mártires que no llegaron a la tierra prometida de la democracia.

Porque Laura Pollán desafió el pacto de excarcelación y emigración masiva que en 2010 hicieron la Iglesia Católica y la Seguridad del Estado. Porque Oswaldo Payá ha sido el único opositor que hizo acción política concreta para desmontar el corazón mismo del sistema, sin necesidad de marchar ni siquiera sacar un solo cartel de protesta en las calles cubanas.

De la guerra a muerte del Ministerio del Interior contra Rosa María Payá y el plebiscito Cuba Decide, nadie excepto los verdugos del odio puede por el momento saber nada. Los asesinos a sueldo de Villa Marista no necesitan demasiado. Apenas un golpe mortal contra ella, como le hicieron a su padre Oswaldo Payá y a su amigo Harold Cepero, ambos ejecutados extrajudicialmente el domingo 22 de julio de 2012, a una hora y en un lugar aún desconocidos de la geografía cubana, probablemente en la provincia de Camagüey (por cierto, Antonio Rodiles tampoco cree que ocurrió un doble atentado de Estado, como no lo cree Yoani Sánchez, ni Manuel Cuesta Morúa, ni Dagoberto Valdés, ni Elizardo Sánchez Santa Cruz, ni nadie en Cuba que cuente con suficiente cinismo e instinto de conservación).

Pero de la guerra a muerte de la disidencia insular contra Rosa María Payá y Cuba Decide, sí que podemos decir ahora bastante. Esa guerra tiene una cabeza visible y muchísimas cabezas agachadas. El guerrero erguido anti-plebiscitario es, por supuesto, Antonio Rodiles. Sus razones sólo Dios y el Estado cubano las saben. ¿Ansias de protagonismo, machismo y misoginia personal, miseria materialista de alma, cumplir órdenes expresas del G-2? Da igual. La cuestión es sacar del escenario a Rosa María Payá y sacarla cuanto antes. Antes de que un Premio Nobel de la Paz, por ejemplo, pueda alcanzarla.

Lo cierto es que la profesionalización como opositor de Antonio Rodiles no busca para nada un cambio de gobierno en Cuba, por más que él jure ser un contrarrevolucionario radical ante los micrófonos. Al contrario, Rodiles trabaja a doble marcha y camisa quitada para asegurar que ese cambio de gobierno sea sólo una especulación teórica, un espejismo más que una esperanza, y que, de hecho, jamás los cubanos cuenten con tácticas y estrategias políticas concretas dentro de Cuba.

Es decir, Rodiles apuesta paradójicamente por una Cuba sin políticos cubanos preparándose para participar y desmontar al actual gobierno (Rodiles prefiere un país de prisioneros políticos y de campañas para liberarlos: es el síndrome del mayoral y los esclavos). Rodiles también rehúye de cualquier proposición constitucional que, como Cuba Decide, pueda ser implementada en la práctica en Cuba, y, sobre todo, pueda ir ganando en popularidad al interior de la Isla. Sobre todo si ese proyecto cuenta, como es el caso de Cuba Decide, con toda la legitimidad posible de cara a la comunidad internacional. Sobre todo si dicho proyecto, o cualquier otro que sea, no es dirigido por él.

Los logros de Cuba Decide, que no es propiedad privada de Rosa María Payá ni mucho menos, sino que son victorias cívicas para toda la ciudadanía cubana, para Rodiles parecen ser algo risible, incluso ridículo. De hecho, para él constituye traición. O aún peor: tal como muchos cubanos acusaron a Oswaldo Payá en vida, movilizar por la vía legal a los ciudadanos cubanos es, para Rodiles, caer en complicidad con el castrismo contra el cual Cuba Decide combate.

Por supuesto, nada de lo anterior tiene la menor importancia en tanto debate. Con Antonio Rodiles no se debate. Él ya tiene de antemano su agenda y la llevará a cabo como mejor le convenga. Él es el que es, como un diosito de la democracia. Y por lo pronto su único objetivo político, después de abandonar a su suerte las marchas de las Damas de Blanco, es ahora recuperar su protagonismo perdido. Rodiles quiere ser una alternativa política al castrismo, pero sin actuar de manera política contra el castrismo. Sólo boconeando.

Por eso, Rodiles muy bien sabe que tiene que sentar a la fuerza a Rosa María Payá en el banquillo de los acusados, tiene que lograr interpelarla con técnicas de interrogación disimuladas ante las cámaras de la TV, y tiene que ponerse a jugar al gran espectáculo democratizante de los dos únicos candidatos presidenciables: Rosa y RodilesRodiles y Rosa, la parejita perfecta para pretender una porción del poder tan pronto como cuando Miguel Díaz-Canel se equivoque o se canse. Mientras ese momento llega dentro de otros 59 años, Rodiles se dedica a acusar falsamente a Rosa María Payá de que ella no reside ya en Cuba: algo que ni los genízaros de Raúl Castro se han atrevido a decirle todavía, pues saben que ella cuenta con carnet de identidad, libreta de abastecimiento, y demás etcéteras de la escasez. En efecto, donde Raúl Castro no llega, Antonio Rodiles se pasa.

Rodiles necesita seguir haciendo de todo para seguir sin hacer nada. Seguir sin línea de trabajo coherente y persistente, cualquiera que estas sean (recuerdo que al inicio de Estado de Sats, los disidentes estábamos todos vetados, pero ahora, paradójicamente, para participar hay que ser más trumpistas que Trump). Es decir, Rodiles va a seguir reclamando de palabra una mano dura imaginaria contra los Castros que queden, pero sin hacer nada político que implique un peligro real para el castrismo, sino que seguirá parapetado (como Yoani Sánchez en 14yMedio, por ejemplo) en la esterilidad de las mil y una escaramuzas digitales de represión y denuncia versus denuncia y represión: encerrado en un ciclo sin salida donde el castrismo siempre saldrá intacto, intocable.

Pero, insisto, nada de esto tiene la menor importancia. Porque lo imperdonable es que Antonio Rodiles sea simplemente una nulidad moral. No es un ataque ad hominen para matar al mensajero en lugar de ponderar al mensaje. Es que él mismo sabe que su catadura no está nada lejos del perfil de los represores que lo rodean. Adúltero adicto, ofensivo con sus colegas al estilo de un segurosito cualquiera (a Yoani Sánchez la llamó “comemierda” por teléfono en el 2012 y a Dagoberto Valdés le gritó “maricón” en la embajada sueca en 2015), acosador impune hasta de las mujeres que colaboraban como editoras de video en Estado de Sats, agresivo al punto de caerse a piñazos con otros disidentes cubanos (mi turno se acerca ahora), bloqueador de opiniones contrarias en las redes sociales (mi turno ya pasó hace rato), censor de las obscenidades de Porno Para Ricardo y Danilo Maldonado (El Sexto), acaparador del flujo de divisas disidentes a la Isla y contratista abusivo que paga poco y exige una contratación cautiva con absoluta fidelidad (quien colabore con Rodiles, tiene prohibido colaborar con nadie más), y, lo más peligroso, falsificador de evidencias de la represión castrista en Cuba (como su infame foto falsa en prisión con un ojo ponchado en Photoshop y aquella camisa con sangre de utilería como prueba de las torturas contra el escritor Ángel Santiesteban).

No digo más. Esto lo he vivido desde adentro y desde afuera de Cuba. A nadie le pido que deje de creer en Rodiles. Al contrario. Voten por Rodiles en el dos mil veintitantos. Y no se lo pido a nadie porque el pueblo cubano, hoy por hoy, es precisamente una masa de nulidad moral: el raulismo es realmente una especie de rodilismo popular. Son tal para cual. Se trata de un estado de boconería chusma y sin ética, sin virtudes ni misericordia, para colmo todo disfrazado de transición lenta pero aplastante hacia la democracia. Al parecer, es cierto que en muchos casos la ausencia de dios nos convierte a la religión de la indecencia.

CubaDecide.org, la iniciativa ciudadana para promover en la Isla un plebiscito vinculante, busca el apoyo de la gente normal por una parte, así como de los gobiernos y ONGs del mundo libre que se dignen a no abandonar otra vez al pueblo cubano, hoy sumido en el momento más amargo (y criminal, no olvidarlo) del Cambio-Fraude de los Castros a los neo-Castros.

viernes, 11 de mayo de 2018

Ariel Ruiz Urquiola, un nuevo preso politico en Cuba

PUEDES LEER MI COLUMNA EN ESTE ENLACE DE CIBER-CUBA:


El caso Ariel: la Revolución que destruye a los revolucionarios

Orlando Luis Pardo Lazo


Conocí a Ariel Ruiz Urquiola a finales de los años noventa, en los laboratorios destartalados de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, donde no había ni hay agua destilada ni siquiera un vulgar jabón.

Allí soñaba Ariel, el muy loco, con desarrollar un plan de ecología sana para un país intrínsecamente insanable. Para quienes aún no lo saben, a pesar de haber sido una nación con casi cero desarrollo industrial, Cuba es hoy una de las mayores debacles ecológicas del hemisferio. Un desastre, por cierto, científicamente ya irrecuperable, venga o no venga la democracia, con o sin desarrollo económico. Con Ariel libre o con Ariel preso.

Tenía por entonces, mi amigo Ariel, un impresionante proyecto para desarrollar en Las Terrazas de la provincia de Pinar del Río. Y estaba, el pobre, muy ilusionado con obtener todo el imprescindible apoyo gubernamental para ponerlo en marcha con éxito. Por desgracia, en el totalitarismo no hay esfera pública que no sea también pura propiedad estatal. Por eso Cuba es un totalitarismo con todas sus letras, y no simplemente otra dictadura subdesarrollada.

Con los años, Ariel Ruiz Urquiola brilló con una luz tan propia que deslumbraba, al punto de la envidia, a toda la mediocridad marxista de sus colegas. A pesar de que Ariel hacía amigos al por mayor (con esa risa de dientones de caballo y esa voz estentórea que tanto parodiábamos los que lo amamos), igual estoy seguro de que muchos en Cuba todavía odian a muerte a Ariel. Y no sólo entre la oficialidad. Porque ese es el legado más leal del fidelismo, para qué negarlo: es un hecho que los cubanos soportan cualquier humillación más o menos callados, excepto reconocer la grandeza en otro cubano. Para colmo, Ariel no era así. Por eso, a pesar de su carácter fortísimo propio de toda mentalidad genial, ha terminado siendo no sólo la víctima más reciente de la impunidad de la Seguridad del Estado cubana, sino también una víctima de la insolidaridad intelectual y hasta del desprecio ante cualquier idea diferente y ante todo pensamiento que se destaque de la masa disciplinada.

Mientras Ariel curaba la grave enfermedad de su hermana, a la cual la medicina socialista cubana le negó el tratamiento por considerarla estadísticamente insalvable, Ariel me traía sus cuentos y ensayos literarios para que yo, que se suponía que iba a ser un escritor (después de mi expulsión por problemas políticos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, el 7 de abril de 1999), se los revisara. Eran todos cuentecitos bastante retóricos, como los míos por aquella época, historias llenas de cierto exceso de virtuosismo moral. Y a veces sus ensayos eran más panfletos incendiarios al estilo de un José Martí del siglo XXI.

En ocasiones, yo también ayudaba a Ariel a traducir sus artículos científicos. Él quería salvar lo mismo a cocodrilos que a tortugas marinas que a camaleones paleohistóricos que a moluscos masacrados que a pájaros raros que se pensaban ya extintos en Cuba (acaso hubiera sido mejor que se extinguieran de verdad, con tal de no arrastrar la tara tétrica de tener que seguir siendo cubanos a perpetuidad). De hecho, Ariel mismo a veces me parecía de pronto como un rara avis en la Cuba de Castro, como un bichito extraño que siempre estaba lleno de entusiasmo vital, en medio de una isla infame hasta la enfermedad, envilecida de hipocresía, apatía y cinismo existencial. Una Cuba donde hasta las fiestas son en realidad una celebración funeraria. Reímos, para no hacer más el ridículo, sólo para hacer un ridículo peor.


No hay que entrar en detalles. Son hechos públicos en la prensa: excepto, por supuesto, en la prensa cubana. Basta saber que todo es mentira y que todo no es más que una trampa que le ha tendido el Estado cubano a Ariel. Hasta su abogado defensor debe de ser también en parte un agente (que me perdone, si no es así: tal vez él ni siquiera lo sepa, siéndolo). Porque Cuba es por hoy por hoy un teatro sofocante, un cadalso donde caen día a día los últimos ciudadanos. Un horno horrible del cual la única solución práctica es la fuga en masa, justo lo único que Ariel Ruiz Urquiola decidió no hacer. De ahí el alto precio que el régimen castrista le hará pagar: puede ser un año de cárcel, pero puede ser algo mucho peor. Porque todos sabemos de sobra que su vida en las cárceles cubanas ahora no vale nada.

O casi nada. Dependerá de cuánta visibilidad le podamos dar a este cubano valiente y brillante, para que su nombre resuene como un clamor de injusticia en el resto del mundo. Dependerá de cuánto presionemos a los personeros del totalitarismo donde quiera que se aparezcan fuera de Cuba. Y dependerá, por supuesto, no de conseguir únicamente la libertad de Ariel Ruiz Urquiola (porque mañana sin duda serán otros los Arieles Ruiz Urquiola, como lo han sido ya antes), sino de trabajar todos por la liberación de todos y de cada uno de los cubanos, dentro y fuera de Cuba: una refundación nacional, cuya vía cívica a través de un plebiscito (tal como propone la iniciativa Cuba Decide de Rosa María Payá), cada vez arrincona más a los usurpadores de nuestra soberanía nacional, los retrógrados de verde-olivo en su torre tiránica de la Plaza de la Revolución de La Habana.



PUEDES LEER MI COLUMNA EN ESTE ENLACE DE CIBER-CUBA: